Meningococo

La enfermedad meningocócica es una enfermedad grave causada por una bacteria llamada Neisseria meningitidis. Es una de las causas principales de meningitis (infección de las membranas que cubren el cerebro y la médula espinal) y de infecciones sanguíneas. La enfermedad meningocócica con frecuencia ocurre sin previo aviso, incluso entre personas que no tienen problemas de salud.

La enfermedad meningocócica se puede transmitir de persona a persona a través del contacto cercano (tos, besos) o contacto por largo tiempo, especialmente entre las personas que viven en el mismo hogar.

Existen por lo menos 12 tipos de N. meningitidis, llamados serogrupos. Los serogrupos A, B, C, W y Y causan la mayoría de las enfermedades meningocócicas.

Cualquiera puede contraer la enfermedad meningocócica, pero ciertas personas corren mayor riesgo, tales como:

  • Bebés menores de un año de edad
  • Adolescentes y adultos jóvenes de 16 a 23 años de edad
  • Personas con ciertas afecciones médicas que afectan su sistema inmunitario
  • Microbiólogos que rutinariamente trabajan con aislados de  meningitidis
  • Personas en riesgo debido a un brote en su comunidad

En niños menores de un año, la tasa de ataques, es decir la cantidad de casos por habitantes, es mucho más alta que en otras edades. Es una enfermedad que, si bien no es muy frecuente, es muy grave, tiene una alta mortalidad y es muy difícil detectar precozmente ya que afecta a niños sanos que pasan rápidamente, en unas pocas horas, de un estado de salud a un estado de enfermedad; un 20-25% puede requerir terapia intensiva.

Los síntomas característicos de esta patología son fiebre alta, confusión, vómitos y fotofobia (sensibilidad a la luz). Sin embargo, inicialmente suelen ser inespecíficos, sobre todo en los lactantes y similares a un estado gripal. Por tal motivo, para los especialistas muchas veces es difícil diagnosticar esta afección tempranamente.

Aunque se puede tratar, la enfermedad meningocócica mata de 10 a 15 personas infectadas de un grupo de 100. Y de aquellos que sobreviven, 10 de cada 20 sufren de discapacidades tales como pérdida auditiva, daño cerebral, daño renal, amputaciones, problemas del sistema nervioso o cicatrices graves de injertos de piel.

Vacunar para prevenir

Además de tener un mayor riesgo de contagio, en los niños pequeños la detección y el diagnóstico de la enfermedad son más complicados. Dado que los signos y síntomas no son tan claros, los expertos insisten en que la vacuna es la mejor forma de evitar problemas que muchas veces resultan irreversibles. Podemos tomar medidas para reducir el riesgo de contagio como lavarse las manos, cubrirse la boca al toser o estornudar, evitar el intercambio de elementos que los niños se lleven a la boca y ventilar los ambientes, sin embargo, la herramienta más efectiva para la prevención sigue siendo la vacunación.

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